La transparencia o el proceso de descolonización de la ciudanía


En 2003, Jeanette A. Bastian publicó su tesis doctoral sobre la historia archivística de  las Islas Vírgenes Estadounidenses. Desde 1672 colonia danesa y, a partir de 1917, comprada por los Estados Unidos, de quien aún depende, este país caribeño no custodia, con excepción de los registros de propiedad, casi ningún documento público anterior a 1950’s: se encuentran en los archivos nacionales de Dinamarca y de los EE.UU.

owning  memory

Sin entrar ahora en el detalle de esa historia archivística, el aparentemente “aséptico” principio de procedencia legitimó el hecho de apartar toda esa documentación a miles de quilómetros de la comunidad en que se generó, tal y como Bastian resume en este artículo. Pero, en rigor, es la falta de poder político de esa comunidad lo que realmente permite entender por qué el traslado masivo de fondos se pudo llevar a cabo. Como es sabido, los principios archivísticos nacieron y se aplican en contextos de ejercicio del poder y es en las situaciones de cese o transformación de este cuando más se evidencia el sesgo político con que también se conforman. Para salvar ese sesgo, concretamente en el caso del principio de procedencia, Bastian propuso el concepto de comunidad de documentos (community of records), entendida como la suma de documentos, de toda forma, generada por múltiples capas de acciones e interacciones entre la propia gente y entre esta y las instituciones dentro de una comunidad, la cual pasa a ser la procedencia de esos documentos (es decir, más allá del correspondiente organismo administrativo). Entender a los habitantes de las Islas Vírgenes como co-productores de los fondos de las administraciones coloniales que los han dominado legitima archivísticamente la participación en su custodia y gestión. Bastian además también recurrió, como mecanismo de solución, al principio de patrimonio conjunto (joint heritage), establecido por el ICA/CIA para el tratamiento de los archivos en procesos de descolonización. Este principio dota de la misma capacidad para tratar los fondos a la antigua metrópolis (donde generalmente se encuentran) y al nuevo estado surgido de la antigua colonia. A partir de 1999, los gobiernos de Dinamarca y las autoridades de las islas firmaron finalmente un acuerdo en ese sentido.

En 2005, Eric Ketelaar ahondando en esa misma línea teórica propuso tener en cuenta los dos conceptos articulados por Bastian para poder, más allá de solucionar el conflicto sobre titularidad y gestión de los archivos coloniales, generar una visión holística de los derechos y deberes de las partes interesadas (stakeholders) de ese tipo de fondos y así “reposicionar el rol del archivo (y del archivero) en la formación de memorias e identidades” (p. 5). Los fondos de una administración colonial documentan la sociedad local únicamente de acuerdo a taxonomías elaboradas por los colonizadores, sin contar con ella pues. Mientras, la población colonizada afirma su identidad y su capacidad de actuación en respuesta a la autoridad del dominio a que son sometidos. Por tanto, para recuperar y entender plenamente el contexto archivístico de su creación y de gestión hay que vincular ambos grupos en una sola comunidad de documentos. Ketelaar, siguiendo el records continuum, vincula este tipo de comunidad con la tercera y cuarta dimensión del modelo teorizado por Upward (organizar y pluralizar). Es decir, en la organización y difusión de la documentación de archivo, teniendo en cuenta los cuatro ejes (valor de transacción, valor de prueba, gestión de documentos e identidad) en que esta puede ser analizada en cualquier momento del continuum. Así, la comunidad de documentos es capaz de compartir, de asegurar el acceso común a la memoria (o memorias) mediante la activación (esa casi nueva creación o creación continua que defiende Ketelaar) de los documentos, producto de “cada interacción, intervención, interrogación e interpretación hecha por el creador, usuario y archivero”.

Y, llegados a este punto, ¿todo esto qué tiene que ver con la transparencia? La reivindicación ciudadana de acceso y control de la información pública no dista en la forma (y, quizás, tampoco demasiado en el fondo) de la reivindicación de las antiguas colonias por el acceso al y control del patrimonio documental que se custodia aún en las respectivas metrópolis. En ambos casos se trata de quién decide a cerca de cómo gestionar y custodiar la documentación que afecta al conjunto de una sociedad, es decir, se trata de quién tiene el poder político sobre la información pública. Cierto que el recurso a la identidad nacional, especialmente cuando se presenta en su forma banal, consigue la identificación aparente entre ciudadanía y administración, pero, un día (el 15M, es un buen ejemplo, aunque hay muchos otras fechas “fundacionales” según la comunidad cívica afectada) se descubre que el poder político “no nos representa”, que no sabemos nada de dónde ni cómo se gestiona “nuestra información” por parte de quienes pasan a verse como “élite” o “casta”, ni que mucho menos contamos con mecanismos reales de control sobre su gestión. Cuando, de manera más o menos organizada, los ciudadanos empiezan a indagar qué es eso que ayuntamientos, diputaciones, comunidades autónomas y estado hacen en su día a día, aquella identificación aparente se resquebraja aún más al comprobar que la forma en que la administración se autodocumenta es del todo ajena a su comprensión, aunque trate sobre su realidad más próxima, aunque trate sobre ellos mismos.

La carrera por la transparencia pública en que todas las administraciones se han embarcado fracasará si esta no se inserta, para cada órgano territorial, en su comunidad de documentos. O, conscientes que, a diferencia de las colonias, al menos jurídicamente sí que la ciudadanía es titular de la administración y de la estructura archivística pertinente, deberíamos mejor hablar de comunidades de archivo. Sin comunidades de archivo, es decir, sin entender la ciudadanía como co-productora (en el sentido archivístico) de la información pública, no habrá rendición de cuentas posible ni, en consecuencia, regeneración política alguna.

La participación ciudadana que, hasta ahora, promueve el gobierno abierto es parcial y, sobretodo, epidérmica. Se puede llegar a crear un presupuesto o un plan de acción de gobierno participativo, pero no se dota a la ciudadanía de las herramientas y del poder para participar en la gestión efectiva del ejercicio de ese gobierno. Ejercicio que, no hace falta recordar, se crea, captura, organiza y pluraliza mediante la documentación administrativa. No por azar, los intentos de auditoría más exitosos por parte de plataformas ciudadanas, como los Observatorios Ciudadanos Municipales, consisten en buena medida en el uso de la tecnología de archivo para replicar y controlar la información pública (inicialmente, los presupuestos municipales, pero cada vez ahondan más en otras series documentales y otros tipos de expedientes). Se está creando, pues, una estructura archivística paralela a la institucional que demuestra dos cosas: la voluntad efectiva de ejercer como co-productores de la documentación pública por parte de la ciudadanía y el fracaso en la consecución de un gobierno abierto por parte de la administración. Fracaso, precisamente, por no (querer) entender el rol cívicopolítico de la gestión documental y no compartir el diseño y gestión de la estructura archivística (y, en especial, todo su potencial alfabetizador) con la ciudadanía. Y es que estos OCM se encargan, como diría Ketelaar, de activar los documentos, de darles nuevos contextos y usos, de organizar y pluralizar pues, haciendo imprescindible afrontar la gestión de la información pública des del paradigma del records continuum y abandonar el del ciclo vital, que con tanto acierto Victoria Lane y Jennie Hill comparaban con la escatología cristiana: vida (fase activa), purgatorio (fase semiactiva) y cielo (conservación) o infierno (eliminación), todo ello decidido por una autoridad suprema, estrictamente profesional, en el particular “juicio final” de la valoración documental (The future of archives and recordkeeping. A reader. Facet publishing, 2011, p. 11-12). El reto de la transparencia, pues, debe ser integrar la participación ciudadana, es decir, las comunidades de archivo también en las dos dimensiones iniciales del records continuum (las de creación y captura), asumiendo así plenamente su estatus de co-productoras de la información pública. Porque, como muy bien sabemos los archiveros, tan o más importante es cómo se documenta que el qué se documenta, ya que, en rigor, el qué es consecuencia del cómo.

De hecho, ese tipo de participación directa de la ciudadanía como sujeto agente en la gestión documental ya se da, aunque limitada a uno sólo de los muchos ámbitos posibles y a nivel individual: la protección de datos personales. Cualquiera de nosotros puede alterar, legalmente, la integridad de ciertos documentos públicos: solicitando la eliminación de nuestros datos personales. La cuestión, pues, es por qué esa participación legal y activa no se puede ampliar a otros ámbitos de la administración y estructura archivísticas, empezando por el más crucial de todos y que acabamos de comentar: el de la valoración documental (régimen de acceso incluido, por supuesto). Mientras no se lleva a cabo ese proceso de descolonización de la ciudadanía, de asunción del poder político que le pertenece respecto a la gestión de la información pública, la transparencia, con suerte, nos servirá para llegar a la naturaleza de protectorado.

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3 pensaments sobre “La transparencia o el proceso de descolonización de la ciudanía

    • Gràcies, Jesús. A partir de la metàfora de la descolonització crec que s’entén millor el sentit polític de tot plegat i la necessitat no d’alliberar informació, sinó d’alliberar-nos nosaltres mateixos.

      M'agrada

  1. Retroenllaç: Gobierno abierto: ¿smart cities o comunidades de archivo? | empowering archives

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